Por: Wilmar A. Velásquez López

La inevitable noche se hace más oscura en medio de un silencio desgarrador que abre el espacio para los miles de recuerdos. Aún cuando creíamos que cesaba la horrible oscuridad, la vida nos ha mostrado que la aurora es más fuerte y que ha traído consigo momentos de angustia y dolor, que quisiéramos nunca haber vivido.

En medio de tanta zozobra por lo que debemos seguir pasando en esta pandemia, hemos despedido a cientos de personas, a nuestros seres más queridos, abuelos, hijos, padres, madres, sobrinos, vecinos y aquellos tan queridos amigos.

La llama de la vida se extingue poco a poco, y cada vez más se separa de nosotros la luz que pudieran irradiar. Este ha sido el gran precio, qué aún no entendemos porque lo pagamos, sin embargo, se va de nosotros lo que no pensamos perder tan rápido, sin dudar, sin pensar y sin un poco de sensibilidad.

Las noticias son cada vez más cercanas, y no salimos del asombro, cada vez me siento más abrumado, temeroso y sentido. ¿Era así de fácil que se extinguiera una vida? ¿Es ese el sentido de vivir? Preguntas sin respuestas, que planteamos en medio de lágrimas y fuertes sentimientos. La vida cambia con una partida, aunque para muchos no sea evidente, una ausencia puede derrumbar hogares completos y desarmar vidas enteras.

Son cientos de pensamientos los que he visto correr por mi cabeza en los últimos días, sobre lo que podría pasar. Lo cierto es que nadie se quiere despedir de este mundo y mucho menos despedir a un ser querido, pero ¡Carajo! Es cada vez más frecuente, la muerte parece rondar cada calle, cada espacio, en busca de su próxima víctima.

¿Qué pasa con el mundo? ¿Había existido antes de la historia de las guerras un momento en el que murieran tantas personas de forma repentina? El cielo se oscurece, el sol se eclipsa y la sociedad colapsa, porque nunca será común que tantos sigan partiendo.

Los sueños y las metas se quedaron en el camino, las ilusiones se desvanecieron en los más jóvenes, porque una vez más comprendemos que este momento no tiene edad, que no diferencia clases, que no mide sentimientos y que mucho menos regala un segundo para despedirnos.

Enseñanzas de tan dolorosos tiempos, podríamos sacar muchas, pero hay que partir del sentido de la vida, de lo que estamos haciendo, de lo que queremos ser, de lo que podemos dar; de eso se trata, de vivir en plenitud al servicio de los demás, al final es eso lo que nos llevamos, y al no saber el lugar, el día ni la hora es mejor darlo todo.

Sobre la Covid, el discurso está “trillado”, pero este ha sido el responsable del mayor porcentaje de estas muertes, y como pude mencionarlo en otra columna es nuestra culpa, aunque sea difícil aceptarlo hemos sido irresponsables, y estas son las consecuencias.

Son designios y hay que aceptarlos, pero ojalá algún día esta noche llegue a su fin. Mi solidaridad con todas las personas que han perdido a sus seres queridos, hay que ser fuertes para seguir enfrentando al mundo, aunque los hayamos visto partir.

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